-La
otra vez me dio un ataque de pánico.- cuenta un joven de 17, de cabello castaño
y ojos de igual color. Se encuentra recostado en un diván café con su vista al
techo blanco. Se le ve preocupado.
-¿Qué
fue lo que pasó, Sr. Tom?-pregunta un señor de barba canosa y calvo, mientras
sostiene con pesadez una libreta y un lápiz para hacer anotaciones de su
paciente.
-Verá
señor doctor…
-Ya
le dije que me puede llamar señor Winter.-replica el señor.
-Está
bien señor doctor…-el terapeuta se lleva la mano al rostro al escucharlo.- Ayer
en sueños, recordé parte mi pasado en la infancia. Ya le he platicado muchas
veces que mi infancia fue traumática, pero también alegre.
-Sí,
lo recuerdo.
-Bueno,
pues esta vez fue un recuerdo alegre.-cuenta sin temor el paciente.- Tenía
cerca de 10 años, por esos tiempos ya me había peleado con quienes eran mis
amigos, así que tuve que buscar nuevo entretenimiento por la colonia. Uno de
ellos y que no recordaba, era que pasaba tiempo con un niño de 2 o 3 años.
El
doctor deja de escribir y observa su paciente con duda, “¿Qué había de malo en
ello?”, se preguntaba él, pero por juzgar el rostro de ese chico, algo malo
debió de haber pasado.
-¿Y
luego?
-Pues
verá, yo solía visitarlo diariamente a su casa ya que como era menor, no podía
salir de allí.-continuó él.- Jugábamos con sus juguetes es lo que más puedo
recordar… ¡ah! Y también como la madre de ese niño veía el programa de la “La oreja”… pero eso no es
parte de mi ataque de pánico.
Tom
espero respuesta y al ver como asentía el señor Winter, volvió a su plática
después de dar una pequeña sonrisa.
-Lo
que me tormenta, es que visitaba mucho a ese niño solamente porque su madre
constantemente nos compraba algo de comer. Recuerdo que una vez me dio nieve de
chocolate y me dejó llevar mi porción a casa; debió de imaginarse la cara de
mis padres cuando les conté de ello.
-Sí,
puedo imaginármela.-suspira el hombre que mantenía su vista a la libreta.
-No
sé por qué, pero un día dejé de visitarlo. He ahí el problema.-afirma el joven
triste.- Tengo vagos recuerdos, de que más de una vez intenté golpear a ese
niño o lo golpee… me divertía mucho con él, pero al pasar esas imágenes fugazmente
en mi mente, también puedo sentir cierto rencor hacia él. ¿Realmente le habré
lastimado o habré querido hacerlo? ¿Eso es el por qué dejé de visitarlo?
-No,
no… usted está equivocado.- sonríe amablemente el doctor.- Han pasado 7 u 8
años desde entonces, la memoria tiende a jugarnos varios trucos y más con sueños que hemos experimentado. La respuesta a la que he llegado, es
que usted tiene ese rencor, pero no por el niño, sino hacia usted mismo que no
sabe porque le abandonó. Esa gran duda que tiene le incomoda y juega con su
mente.
-¿Qué
me recomienda hacer?-pide esperanzado el chico.
-Primero:
cálmese… todo está bien. Segundo: estaría bien que se distrajera en algo, tal
vez pueda reprimir ese odio repitiendo lo que solía hacer con ese niño. Tómese
una pastilla y relájese, eso también ayuda.
-Tiene
razón. Muchas gracias de nuevo.
El
joven Tom se levanta del diván, agradece alegremente por la ayuda al doctor y
se retira sin más de ese consultorio. El doctor Winter chequea su libreta,
observa lo que escribió y arranca la hoja justo después, apretándola con fuerza
en su puño y arrojándola en un cesto de basura.
-No
se preocupe Tom...-suelta una pequeña sonrisa el doctor.- No sabía que ese niño
traumado con los mayores tenía relación con usted… pero le agradezco desde el
fondo de mi corazón, que ayude a llenar más mi bolsillo je je.
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