Todo está oscuro. Incluso la misma luz del faro fuera de
mi casa no alcanza a iluminar más de 1 metro desde la entrada, dejándome
contemplar la completa oscuridad en la que yace en mi hogar.
No es de extrañar que todo esté apagado, nadie entra en
esta casa más que yo, y siempre ha sido así los pasados 5 años; pero sin
importar cuanto pase el tiempo, el sentimiento de que hay algo extraño
esperándome dentro, no desaparece.
Por el día no pasa nada, siempre es cuando regreso de
trabajar ya hasta la noche, que mi instinto me obliga a detenerme justo al
abrir la puerta principal. Normalmente nada pasa después de que ingreso a la
casa y enciendo las luces, por lo que no tardo en olvidarme del asunto y
enfocarme en las tareas pendientes que tengo y que muchas veces me tendrán
madrugando para terminarlas.
Pero hoy es diferente.
Me adentro a mi sala y acto seguido enciendo las luces,
tiro mi mochila a un lado y me acerco al refrigerador para ver que prepararme
hoy de cena. Lo abro y no evito poner una cara de asco al ver como un pedazo de
emparedado que había guardado, está lleno de hongos y con el jamón en un tono
verde oscuro por lo pasado que estaba; si mi memoria no me engañaba, ese
emparedado lo había guardado hoy en la mañana en buen estado, ¿cómo era que
tras unas horas se encontrara de esta forma? Porque de ser por el refrigerador
mismo, la leche y otros alimentos deberían estar de la misma forma, sin embargo
no lo estaban, sabían un tanto mal por lo penetrado del olor a putrefacción,
pero seguían siendo comestibles.
Dejé el enigma para después, primero tenía que resolver
los problemas de mi trabajo y luego ya me enfocaría en esta situación, así que
tomé el alimento putrefacto con una bolsa de plástico y lo deposité en el bote
de basura, mientras que en ese preciso instante alguien llamó a la puerta.
Caminé hasta ella y abrí la puerta para recibir al
visitante por lo que saludé con un “buenas noches” sin recibir respuesta. Me
asomé sólo para ver que nadie estaba fuera.
Tal vez había sido mi imaginación o los niños de la
colonia jugándome una broma, ciertamente no sería la primera vez, aunque
también lo normal era que bajaran el switch de la luz poco después, cosa que no
hicieron.
Sonaron de vuelta golpes en la puerta. Esta vez pegué un
brinco para llegar más pronto y capturar a los mocosos de ser que estuvieran
jugándome una broma; me volví a asomar, pero otra vez no había alguien. Salí un
poco de casa para ver si algún vecino estaba fuera para confirmarme la
identidad de la persona que estaba tocando a mi puerta, pero al preguntarle a
mi vecino de lado quién estaba sentado en la acera, se extrañó por mi pregunta.
“Nadie ha pasado por aquí”, me respondió con una ceja
arqueada.
Volví a mi casa con un muy mal sabor de boca que se me
quitaron las ganas de comer, por lo que opté mejor por tomarme una ducha. Una
vez dentro en el baño, empecé a escuchar de vuelta como alguien golpeaba mi
puerta, pero esta vez decidí ignorarlo y continuar con mi aseo. Esta ocasión
los golpes no paraban, como esperando a que la atendiera de vuelta;
definitivamente no eran los niños de la colonia, ni siquiera un vendedor o
religioso insistiría tanto y mucho menos a altas horas de la noche.
“¡Déjenme en paz!”, grité fuerte contra la puerta,
saliendo furioso del baño. Me tenía desesperado, fuera lo que fuera, quería que
me dejara tranquilo, no había hecho nada para ganarme tal molestia continua. Y
como por arte de magia, los golpes pararon al instante.
Escuché como algo pasaba justo debajo de mi puerta, un
pequeño pedazo de papel. Con una mezcla de curiosidad y miedo levanté la nota
en blanco por un lado y decidí voltearla para ver un mensaje escrito detrás.
“31 DÍAS para visitarte”, decía la nota, remarcando
especialmente en mayúsculas el tiempo, no escrito con tinta como las demás
palabras, sino como si el autor de esta nota lo hubiera hecho con sus dedos
cubiertos de sangre.
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