Sabía que ese día iba a ser distinto de los demás, y no me refiero a porque nuestra familia entera se reuniera por primera vez, ni tampoco porque fuera un lugar tan lejos de casa. Era un simple presentimiento que rara vez suelo tener.
Esa vez, no recuerdo porque abuelos, tíos, y primos se reunían tan tarde en un rancho alejado de la gran parte de la población; me atrevía a decir que sino fuera por el único camión que pasaba a este punto, jamás mis padres y yo asistiríamos a esta fiesta.
Tan frío y oscuro el ambiente, solamente a la mitad del terreno había un gran centro de luz y ruido que rompía con el silencio de tan desértico lugar.
La temperatura aumentó al ingresar a la casa entre las luces, el olor de la comida y los cálidos saludos de nuestros alegres parientes. Mis padres se acercaron con los suyos, era una costumbre que se tenía en las visitas ya que mis tíos conversaban sin fin, pero eran los abuelos los que se quedaban abandonados, alejados, observando seriamente la felicidad de sus hijos.
En reuniones, me la paso aburrido y en su mayoría también, solitario; mis primos en ocasiones me invitan a que juegue con ellos, pero si de algo me he dado cuenta con el tiempo, es que cada vez me vuelvo brusco jugando entre tanto chiquillo, las ideas de jugar que tenía antes, son refutadas por ellos y terminan hartándose, es por eso que mejor dejé de estar a la vista de todos ellos.
Mis primos jugaban a las atrapadas en los jardines, gracias a Dios estaban ocupados con ellos mismos, que no se dieron cuenta que me escondí en el segundo piso, esperando que les fuera prohibido subir las escaleras.
Una melodía llamó mi atención, a diferencia de la primera planta, esta se encontraba tranquila, tres de cuatro habitaciones cerradas, y la última, era donde salía aquél peculiar sonido. Era un piano.
No tengo idea de ello, pero tenía nervios… tal vez porque esperaba un regaño de un pariente o que viera algo que no debía, no lo sé, no me detuve, meramente avancé a paso ligero.
Me alegro de no arrepentirme, esa fue la primera vez en que te vi.
Estabas tan enfocada que no abrías los ojos, presionabas adecuadamente las teclas conforme tu cuerpo se movía al son de la melodía, mi respiración reaccionaba a la velocidad en que manejabas las notas… mi corazón no dejaba de latir por tan belleza que contemplaba frente a mí.
No te dabas cuenta de mi presencia, seguías tocando el piano sin error alguno. Dejando a un lado el hipnotismo que fundiste en mi ser, estaba sorprendido de tu habilidad, era la primera vez que veía tal instrumento y a alguien tocarlo, pero no esperaba ver tanta pasión y felicidad por sacar música con ello, no evite sonreír al ver como tú también lo hacías.
Paraste al fin, abruptamente como si hubieras cometido un error, tanta era tu sorpresa que abriste los ojos y examinaste con detalle cual tecla era la que habías presionado con anterioridad. Repetiste despacio aquellas últimas notas, y de nuevo, sonreíste. Yo estaba maravillado.
Saltaste al darte cuenta de que te observaba desde la puerta, preguntaste que porque no había dado una señal de mi existencia en aquel cuarto, yo me disculpé avergonzado por eso, pero es que nunca me ha gustado interrumpir a alguien tan concentrado en algo y decido esperar para no molestar.
Te reíste, era seguro que de mí mas no supe por cual razón, eso me dejó confundido, pero me ayudó en mucho porque me había dado cuenta de una interrogante importante.
¿Quién era ella?
No era conocida, fácilmente la hubiera reconocido, así que llegué a la respuesta de que era alguna pariente lejana, tal vez la prima de mi primo, la hija del amigo de un tío, quién sabe, no me importaba tanto en ese momento.
Tus ojos por fin habían delatado lo que me esperaba, conocía esa mirada ya que yo mismo también la aplicaba: estabas pendiente a mis movimientos, específicamente a si me quedaba allí o no. Nunca llegué a pensar que te incomodaría mi compañía, que disfrutabas de tocar el piano sola o que no confiaba en extraños, tal vez por eso estabas tan alejada de todos… podía entender ese sentimiento.
Estuve por marcharme, pero me hablaste, estaba tan feliz que voltee rápido a verte, pero cuando tú te reíste de la obviedad de mis sentimientos, no evité avergonzarme de llegar a ser tan infantil.
“¿Podrías quedarte a comer conmigo?”
Sonreí, sería un idiota si me negara a su petición, aunque quisiera no podía, su expresión tan serena y feliz, era mi talón de Aquiles.
Bajé rápidamente por la comida de ambos, estaba emocionado y mientras más rápido tuviera nuestra porción, más tiempo para relacionarme con ella tenía. Como me crucé con mi abuelo, aproveché para despejar la duda que ignoré por varios minutos atrás.
Con nuestros platos y vasos, subí cuidadosamente las escaleras, llegué a esa habitación y con sonrisa victoriosa te miré mientras tú seguías palpando el gran piano. ¿En serio te gustaba mucho tocarlo?
Mientras comíamos, hablábamos sin preocupación. Conforme más hablábamos, más te conocía. Con más tiempo que compartía contigo, más me enamoraba de ti.
Lamentablemente, la hora llegó, todas las familias se despedían mientras salían de casa, claro que no había excepción a la mía. No estaba satisfecho, así que corrí contigo para hacerte una proposición, te pareció tan buena mi idea que ambos nos dirigimos con tus padres y repetimos lo que esperábamos, pudieran aprobar ellos.
“Claro, pero solamente por una semana.”
Vivías tan lejos de la ciudad que era casi imposible que nos volviéramos a ver, te quería por más tiempo cerca, y por fortuna, tus padres dieron una oportunidad de que te quedaras a dormir en mi casa mientras ellos lo hacían en ese rancho.
Estaba tan alegre, tan entusiasmado de pensar que podrías dormir donde yo y nos tendríamos cerca, mis pensamientos te apenaron más de una vez, pero no dejabas de repetir, que te encantaba poder estar en esta ciudad un poco más.
Cuando mi corazón había apaciguado sus latidos, y mi razonamiento volvía… recordé una de las tantas preguntas que te había hecho en la fiesta. Mi sonrisa bajó un poco, te abracé y recargué mi cabeza en la tuya.
Esa semana pasó tan rápida que me es difícil recordar.
Puedo visualizar que los primeros días jugamos, platicamos y comimos juntos, tú como siempre con tu sonrisa tan radiante y abrasadora, y yo tan torpe y tartamudo cada vez que me veías a los ojos o me soltabas un cumplido. Ambos estábamos siempre en el cuarto que mis padres habían preparado para ti, la única excepción era cuando dormíamos, donde cada quién lo hacía en sus respectivas camas.
Maldigo los últimos tres días. Mi padre tenía que salir de negocios a otra ciudad, yo era su mayor apoyo así que me fue inevitable acompañarlo de viaje. Estaba desesperado, enojado de separarme de ti y sé que lo sabías por las expresiones que soltaba… pero tú seguías igual, sonriéndome cálidamente, eso me pudo tranquilizar, ya que en el interior me gustaría pensar, que tú también sentías lo mismo.
Tres días fuera de casa, donde no dejé de pensar en ti aun cuando experimentamos en carne propia una peligrosa carambola en la autopista de regreso. Deseaba poder estar contigo más.
Por fin regresamos a casa, corrí hasta la habitación emocionado, saludando fugazmente a mi madre. Pero llegué tarde, ya no te encontrabas ahí, no te imaginas el coraje y la gran decepción de no haber estado en tu partida.
Regresé a la sala, mi madre como había visto a donde me dirigí, me mencionó que ella y sus padres se acababan de ir, no más de 3 minutos.
No esperé y ahora corrí desesperadamente a la calle. Tenían que tomar taxi, así que corrí directamente al mejor lugar en que podrían tomarlo, confié todas mis esperanzas en que te encontraras ahí. Sino estabas… no sabría lo que haría.
La fortuna me sonrió, vi tu espalda aun en aquella esquina de la calle, la presión que tenía mi pecho se aligeró conforme avanzaba hasta ella e intentaba llamar su atención.
Volteaste sorprendida, así como tus padres también lo hicieron, llegué hasta contigo y te estrujé con fuerza. Extrañaba el contacto físico contigo, tu calor corporal descongeló y dio fuerza a mi frío y débil cuerpo. Creo que no había felicidad mayor para mí, que ver la tuya mientras me devolvías el abrazo.
Mi exasperación no tardó en regresar, al ver como un taxi ya se encontraba frente a nosotros y sus padres le pedían que ya ingresara al vehículo.
Me quedé mudo, no sabía que decirte como despedida… no, no quería despedirme de ti… no quería que así terminara todo. Me reí de los nervios, no podía pensar, estaba bloqueado, me sentía tan inútil e impotente.
“Yo también te amo”
Tus palabras me calmaron, mas tus labios fueron los que realmente me dieron tranquilidad tanto interna como externa.
Me molestó que fuera tan corto nuestro primer beso, te reíste de mi puchero y yo por última vez, me reí contigo.
Subiste al taxi, y éste comenzó a dar marcha, siendo lo último que vi de ti, fue la sonrisa de la que me había enamorado.
No me entristecí, sonreí con tanta fuerza tuviera, me hacía tanta falta después de tanta negatividad mía. No me moví de esa esquina hasta haber pasado otros largos cinco minutos, observando la dirección en la que te habías marchado…
Por fin lloré, pero ya no era más en ese mundo. Estaba en mi cama, observando el techo de mi cuarto mientras lágrimas frías fluían de mis ojos y caían por mis mejillas.
Estaba feliz… hacía ya tiempo… no recordaba que tenía esta memoria… tan enterrada en pensamientos de soledad que únicamente me entorpecen y me ciegan de lo que me rodea y lo que tengo.
Imagino de nuevo tu sonrisa, y ahora yo hago la mía.
Gracias por haber estado esa vez, y muchas más gracias por volver a mí cuando lo necesitaba. Aun cuando no recuerde tu nombre, voz, cabello o rostro… sólo una cosa es suficiente, para recordar que te ame y hacerme saber que yo también cuento con una…
… una sonrisa que deshaga la adversidad.