Intenté pasar tiempo
con alguien como yo. Solitaria, reservada y tímida, con muy pocas metas para el
futuro y que no buscara destacar desesperadamente de entre las personas.
Conociendo
perfectamente cómo es ser de esa manera, pensé que tal vez podríamos ayudarnos
mutuamente a seguir adelante y vivir tranquilamente el día a día hablando de
nuestras aficiones y sueños tontos.
Intenté pasar tiempo
con alguien diferente a mí. Extrovertida, cariñosa y social, con muchas metas
para el futuro, y que aunque ella no lo quisiera, solía destacar mucho al ser bastante confiable y responsable.
Con ella pensé que
tal vez me podría contagiar con algo de su entusiasmo y corregir un poco mi
lado introvertido, que me despejara un poco de la monotonía de mi vida y me
ayudara a conocer más de lo que había fuera de las paredes de mi casa.
Aunque pudiera
platicar mucho y hacerme el bromista con la primera, continuamente pensaba en
lo fastidioso que era tener que ser yo el que siempre tomara la iniciativa de
hablar.
Mientras que con la
segunda esta vez siempre salía un nuevo tema de qué discutir, sus responsabilidades
y compromisos le ocupaban gran parte de su tiempo y al final era poco el tiempo
que podíamos compartir.
No pude con un
extremo ni con el otro, y realmente dudo que aun así pudiera con alguna persona
que se encontrara entre ambos puntos. Porque si algo fue constante en ambos
casos, era lo mucho que extrañaba no tener que esperar algo de alguien.
Me gustaba que me
buscaran de vez en cuando, pero me ponía bastante nervioso de no saber si iban
a llegar un día de la nada y tendría que modificar mis planes del día.
Me la pasaba bien
escuchando lo que habían hecho en el día, pero me fastidiaba escuchar que
tenían varios compromisos con otras personas.
Me sentía bastante
bien estando tan cerca de alguien más, pero me repugnaba el hecho de no ser yo
la única persona que recibiera de su cariño.
¿Pero realmente qué esperaba? Desde el momento que
empecé a estar tan cerca de ellas, empecé a tener expectativas y en
consecuencia eso me hizo recordar también cómo era decepcionarse de que no se
cumplieran; sentimientos que nunca utilizaba por estar tanto tiempo solo.
Llegó un momento en el que pensaba más en lo disgustado que estaba, que lo bueno que había recibido de la relación. Se trataba de una bomba de tiempo que no podía esperar más para estallar, y por ello, agradezco bastante que la cosa terminara más temprano de lo que esperaba haciendo que la misma bomba se congelara de golpe.
Al final volví a
estar solo, pero a diferencia de la última vez, ahora al menos lo hice con algo
de experiencia. Regresé a mi rutina diaria dentro de casa frente a la
computadora a seguir jugando y dibujando, a dedicar todo el tiempo del mundo
sólo a mí mismo.
Pero que esto último
no suene como un castigo o una queja, al contrario, estoy bastante tranquilo de recuperar mi aburrida y monótona pero pacífica vida. Se sintió extraño, pero no fue difícil volver a mi rutina con los mismos ánimos de siempre.
No me arrepiento de
nada porque al final del día, todo fue experiencia, así que las hubo buenas también
las hubo malas, y al final depende de uno a tomar las correctas para decisiones
futuras.
Y yo ya he tomado las
mías.