miércoles, 15 de julio de 2015

El perro guardián (Cuento corto)



Muy contrario a lo que mis padres pensaban, los ladridos en la noche de nuestro perro Thomás, siempre fueron una fuente de confianza para mí cuando era niño.
Nuestra familia siempre ha vivido en una vieja casona que se va heredando conforme las generaciones pasan; tan antigua es la casa como las diversas leyendas que se cuentan de ella, unas especialmente horridas que se suponen pasaron en las habitaciones del segundo piso e involucran apariciones de familiares que por una u otra razón murieron allí.

Con tantas leyendas y cada pared de la casa adornada con una pequeña cruz de madera que se nos prohíbe tocar, es difícil que un niño pueda estar totalmente en paz; por eso los padres de cada generación tienen la tradición de comprarle a sus hijos un perro que les sirva de guardián y ayude a despejarles de la idea de fantasmas hasta que se hagan lo maduros suficiente para tomar esas leyendas como lo que son, sólo leyendas.

Durante mi infancia, mis padres me regalaron a Thomás con esa finalidad, un cachorro bastante perezoso por el día pero que por las noches se encontraba bastante despierto, siempre vigilante a un lado de mi cama y que por un extraño motivo cada día sin falta ladraba en dirección a la puerta.
Mis padres se enfadaban con él y le obligaban a callarse para que los dejara dormir, algo comprensible ya que entraban a trabajar temprano, sin embargo ellos siempre me preguntaron porque yo estaba bastante tranquilo con semejante ruido cerca mío.

“Thomás me está protegiendo. Está ahuyentando a los malos”, les respondía inocente, bastante calmado de creer que él me estaba cuidando; cosa extraña para mi madre que me cuenta que ni uno de los perros anteriores ladraba tanto, pero suponía que en algún momento iba a salir un perro así de latoso.

Por 12 largos años Thomás cumplió su papel de protector hasta que falleció en mi cuarto vigilando la puerta como siempre hacía. Yo ya era lo bastante grande como para cuidarme solo y comprender el verdadero significado de esa tradición, por lo que crecí sin preocuparme más de aquellas leyendas.


Han pasado seis años desde que me tocó heredar la casa junto a mi esposa que se mudó conmigo, hoy nuestro hijo ha cumplido 5 años y se ha hecho lo suficientemente grande para tener su habitación propia.
Ahora como padre puedo comprender lo desesperante que es escuchar todas las noches a un perro ladrar sin parar en el piso de arriba donde solía dormir de niño y dónde actualmente lo hace mi hijo.

Pero estoy bastante inquieto. Esos ladridos que de niño me brindaban seguridad ahora me provocan duda y terror…

… desde el día en que heredé esta casa, mi esposa y yo decidimos no seguir la tradición de comprarle un perro a nuestro hijo.

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