Muy contrario a lo que mis padres pensaban, los ladridos
en la noche de nuestro perro Thomás, siempre fueron una fuente de confianza
para mí cuando era niño.
Nuestra familia siempre ha vivido en una vieja casona que
se va heredando conforme las generaciones pasan; tan antigua es la casa como
las diversas leyendas que se cuentan de ella, unas especialmente horridas que
se suponen pasaron en las habitaciones del segundo piso e involucran
apariciones de familiares que por una u otra razón murieron allí.
Con tantas leyendas y cada pared de la casa adornada con
una pequeña cruz de madera que se nos prohíbe tocar, es difícil que un niño
pueda estar totalmente en paz; por eso los padres de cada generación tienen la
tradición de comprarle a sus hijos un perro que les sirva de guardián y ayude a
despejarles de la idea de fantasmas hasta que se hagan lo maduros suficiente
para tomar esas leyendas como lo que son, sólo leyendas.
Durante mi infancia, mis padres me regalaron a Thomás con
esa finalidad, un cachorro bastante perezoso por el día pero que por las noches
se encontraba bastante despierto, siempre vigilante a un lado de mi cama y que
por un extraño motivo cada día sin falta ladraba en dirección a la puerta.
Mis padres se enfadaban con él y le obligaban a callarse
para que los dejara dormir, algo comprensible ya que entraban a trabajar
temprano, sin embargo ellos siempre me preguntaron porque yo estaba bastante
tranquilo con semejante ruido cerca mío.
“Thomás me está
protegiendo. Está ahuyentando a los malos”, les respondía inocente, bastante calmado de creer que
él me estaba cuidando; cosa extraña para mi madre que me cuenta que ni uno de
los perros anteriores ladraba tanto, pero suponía que en algún momento iba a
salir un perro así de latoso.
Por 12 largos años Thomás cumplió su papel de protector
hasta que falleció en mi cuarto vigilando la puerta como siempre hacía. Yo ya
era lo bastante grande como para cuidarme solo y comprender el verdadero
significado de esa tradición, por lo que crecí sin preocuparme más de aquellas
leyendas.
Han pasado seis años desde que me tocó heredar la casa junto
a mi esposa que se mudó conmigo, hoy nuestro hijo ha cumplido 5 años y se ha
hecho lo suficientemente grande para tener su habitación propia.
Ahora como padre puedo comprender lo desesperante que es
escuchar todas las noches a un perro ladrar sin parar en el piso de arriba
donde solía dormir de niño y dónde actualmente lo hace mi hijo.
Pero estoy bastante inquieto. Esos ladridos que de niño
me brindaban seguridad ahora me provocan duda y terror…
… desde el día en que heredé esta casa, mi esposa y yo
decidimos no seguir la tradición de comprarle un perro a nuestro hijo.
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